La liga de fútbol más pequeña del mundo

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Unas playas hermosas, un entorno único y el exotismo propio de cualquier isla que se precie. Todo parece idílico y perfecto. Al menos durante el verano, la temporada alta. Cuando el sol se esconde y las temperaturas bajan, todo vuelve a la normalidad en Hugh Town, que con alrededor de 1.000 habitantes es la capital de St. Mary’s, la más grande de las Islas Sorlingas o Islas Scilly, un archipiélago situado a poco más de 50 kilómetros de la punta suroeste de Inglaterra.

Autoridad unitaria del Reino Unido, las Islas Sorlingas ven aumentada su población notablemente en verano y cuando acaban, viven condenados prácticamente al aislamiento. El archipiélago, compuesto por 146 islas de las cuales solo cinco de ellas tienen entidad suficiente como para ser habitadas, ve como el transbordador deja de funcionar fuera de temporada porque la marea es demasiado fuerte y cómo la neblina afecta a los helicópteros que vuelan desde Land’s End, Newquay o Exeter. La situación es tal que muchos habitantes del lugar recuerdan que, no hace demasiados años, tuvieron que lanzarles provisiones médicas desde aviones. Y es que cualquier problema de salud grave debe ser tratado en tierra firme porque no disponen de las instalaciones necesarias. Los temporales parecen eternos,  el correo se colapsa y los dos agentes que componen el Cuerpo de Policía solo están habilitados para servir cinco años, tiempo que se considera suficiente como para señalarlos como fuertemente vinculados a la comunidad como para ser eficientes.

Aunque con ese panorama parece imposible que el fútbol florezca, el deporte por excelencia en Inglaterra no tuvo reparos a la hora de instalarse en el lugar. La isla llegó a tener hacia 1920 una liga compuesta por cuatro equipos: dos de St. Mary’s, uno de la isla de Tresco y otro de St. Martin’s. Además, desde el final de la Primera Guerra Mundial contaron con una competición que recibió el nombre de Lyonesse Inter-Island Cup. Pero ocurrió que la población de la zona se redujo considerablemente a mediados de la década de los 50 y solo quedaron dos equipos. En un principio se llamaron Rangers y Rovers, pero cambiaron su nombre en los años 80.

En el campo de Garrison Field, situado en lo alto de la colina que sirve de mirador en Hugh Town, los actuales Garrison Gunners y Woolpack Wanderers, se enfrentan el uno contra el otro cada semana. Entre los meses de octubre y mayo, ambos conjuntos juegan una temporada completa compuesta de 20 partidos. Entre ellos, dos partidos de exhibición: uno en el que se miden a un equipo de veteranos y otro contra un once formado por los observadores de aves que visitan la isla en otoño. Casi nada.

La temporada comienza con una Charity Shield, a la que se suman otros dos torneos de copa (la Wholesalers y la Foredeck), uno de ellas de ida y vuelta. Pero sin duda, uno de los partidos más esperados es el que enfrenta a un combinado de los Gunners y los Woolpack contra el Dynamo Choughs, equipo con sede en Penzance, que es el pueblo más cercano de tierra firme. El ganador se lleva el título conocido como Copa Lyonesse, que tiene el honor de ser el trofeo más pequeño del mundo. Reconocido por la FIFA, la Copa Lyonesse fue diseñada por el carpintero de St. Ives Christian Guerrini -que también es centrocampista en el Dynamo Choughs- y por su mujer, Rachael Kantaris. Perfectamente acaba en plata de Cornualles, la Lyonesse apenas mide 6 milímetros. La primera vez que se la disputaron tuvieron que compartirla tras el 2-2 con el que finalizó el encuentro.

Lyonesse

Lo cierto es que las Sorlingas cogieron relevancia internacional cuando a Adidas se le ocurrió grabar allí una serie de anuncios en 2008 con estrellas de la talla de Michael Ballack, Steven Gerrard o David Beckham. Desde entonces, cada año los curiosos están pendientes de las vicisitudes que atañen a la liga de fútbol más pequeña del mundo y, sobre todo, al desenlace de la ya famosa Lyonesse Cup.

Lo cierto es que su temporada no tiene mucho misterio. Todos los domingos, a las 10 de la mañana, los equipos están preparados para dar inicio a un nuevo partido. Son los propios jugadores los que han ayudado a que todo esté en orden para el momento del pitido inicial. Durante la espera, algunos fuman un cigarro y otros beben agua, aún recuperándose de la resaca del sábado noche.

La mayoría de los jugadores tienen dos trabajos y muchos, se van haciendo viejos. En la isla, la escuela llega hasta los 16 años, por lo que los chavales con ganas de entrar en la universidad tienen que abandonar la zona. Y eso supone un problema al no poder captar la suficiente gente joven.

Lo más curioso de todo siguen siendo, sin lugar a dudas, el modo de conformar los equipos. Unas semanas antes del inicio de la temporada, los capitanes de los Gunners y los Wanderers se reúnen en un pub y, al tradicional modo en el que lo hacíamos en nuestra etapa de escolares, se preparan para escoger a sus escuadras entre pintas de cerveza. Un turno por cada capitán para lograr montar un once de garantías. Con este sistema, dicen, aseguran la frescura año tras año y que no haya lugar para el aburrimiento. Cada jugador paga la cuota de 40 libras de inscripción y aunque algunos ven como sus compromisos laborales y familiares les impiden acudir a algún que otro encuentro, la liga sigue en pie. Son siempre las mismas caras, los mismos vecinos, todos y cada uno de los domingos. Con buen tiempo o con mal tiempo. Son los integrantes de los Gunners y los Wanderers o, lo que es lo mismo para los habitantes de las Sorlingas, los rojos y los azules. Y desde que Adidas tuviese la gran idea de grabar allí sus anuncios con estrellas de talla internacional, vieron como sus caras y su rutinaria liga aparecía en todos los medios del planeta. “Nunca sabemos si la gente se ríe de nosotros“, declaró Anthony Gibbons, el que preside el cotarro. Tampoco les importa. Otro domingo más, a las 10 de la mañana, rueda el balón. Es de nuevo un partido entre Gunners y Wanderers. Y será el mismo a la siguiente semana. Y aunque no siempre fue así, es lo único que tienen.

 

 

Álvaro Ramírez