Fracasar

El destino tenía guardado el comodín de la crueldad del final. Siempre despiadado, destructivo. Para enfatizar el dolor de la derrota tras haber saboreado el triunfo. Para sabernos eternos perdedores y creer que todo está en contra de nosotros. “Tan cerquita del triunfo, a un palmo de la gloria, de pertenecer a los libros de historia…” canta El Niño de la Hipoteca.

Pep Guardiola es uno de los daños colaterales de los Barcelona-Real Madrid de antaño, con el antagonista José Mourinho también en primer plano, de una batalla que nunca acaba y termina repercutiendo en cada uno de los soldados. Cristiano Ronaldo es otro de los afectados. Como en cualquier rivalidad, desgracia ajena es motivo de alegría de unos. Pero, en este caso, va mucho más allá. Incluso lejos, las derrotas de aquellos guerreros siguen sabiendo a una victoria propia.

En el momento en el que estableces objetivos, parece que solo existen dos términos a modo de conclusión: éxito o fracaso. Las últimas Champions ganadas por el Real Madrid han tergiversado el camino. Ganar una Copa de Europa no es fácil. Una liga premia al mejor equipo, pero no tiene por qué ser así en el mayor escenario continental. Intervienen muchos aspectos. Desde los emparejamientos a saber manejarse en los exigentes ritmos de la Champions. La calidad técnica, individual, no asegura absolutamente nada. El proceso de construcción de plantilla -y de club en muchos aspectos- del Manchester City no ha sido capaz para alcanzar unas semifinales desde la llegada de Guardiola. Aun dominando la competición nacional más exigente durante cada fin de semana, en Europa los parámetros cambian. Pero es fútbol y no todo tiene sentido. El Ajax de Ámsterdam y sus jóvenes gamberros con ganas de fiesta nos justifican que se juega con pequeñas dosis de anarquismo que ponen muy difícil analizarlo todo.

En el primer año de Guardiola en Inglaterra, el Mónaco, en una generación única, eliminó a los ‘citizen’. En la segunda temporada y con una consolidación a nivel de juego, los ‘skyblue’ cayeron en cuartos de final ante el Liverpool. De cada derrota, un aprendizaje. El encuentro de ida ante el Tottenham en el nuevo White Hart Line emanaba cierto aroma a Anfield. El Manchester City perdió 3-0 ante el Liverpool, fue derrotado en todos los aspectos posibles. Guardiola pensó en gestionar la eliminatoria en 180 minutos, pese a saberse superior al rival. El entrenador catalán sabía que tenía delante de él una tabula rasa y total libertad para manejarse cuando llegó a las islas.

En lo futbolístico, el Manchester City no pudo hacer mucho más para doblegar al conjunto de Mauricio Pochettino. La gestión del entrenador argentino permitió a los ‘spurs’ intentar controlar ciertos escenarios. Un primero en el que Eriksen explotaba la verticalidad de Heung-Min Son y Lucas Moura al espacio y un segundo con un 4-4-2 para ocupar las bandas con dos hombres, además de protegerse con el balón.

El fútbol no siempre reserva el desenlace a los actores principales. Fernando Llorente, a la sombra de Harry Kane, marcó de forma poco ortodoxa. Pero como no existen mejores remontadas que las son prácticamente imposibles, el Manchester City creyó. Porque el fútbol es una de las pocas cosas, en la vida, en la que podemos soñar con alcanzar lo inalcanzable. Y por eso nos gusta tanto.

Y tras decenas de matices, varios cambios de estructura y diferentes planteamientos, la eliminación del Manchester City ha sido tildada de “fracaso”. Quizás la plantilla aún no esté preparada para combatir algunos contextos, pero a nivel futbolístico es difícil encontrar un equipo que les pueda hacer sombra.

Jugamos para ganar, para ser los mejores, para acumular trofeos en las vitrinas y romper todos los records. Pero, existen muchos medios para llegar al fin. Las sensaciones, en cambio, permanecen en la memoria durante años. Aunque es fácil traicionarla. Como decía Julian Barnes, “La historia no son las mentiras de los vencedores. Son más los recuerdos de los supervivientes, muchos de los cuales no son ni vencedores ni vencidos”. Fracasar significa adentrarse en un agujero negro, reconociendo el fin. Una derrota humaniza y es el primer paso de algo nuevo. Todo es cuestión de perspectiva.

 

Jordi Cardero